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En una casa mal aislada, las pérdidas de energía son máximas en invierno.

Alrededor de un 25% del calor se pierde por la cubierta del edificio, otro 35% para las fachadas, un 10% por las ventanas, un 10% por el suelo y el 20% restante se reparten entre la renovación del aire y los puentes térmicos.

En una vivienda bien aislada podemos reducir el consumo energético hasta un 54%, lo que supone un importante ahorro económico.

Además es una inversión que en unos 2-3 años suele estar amortizada, aumentando así el valor de venta de la vivienda.